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Carta de despedida a un hijo: “Sin miedo, mamá, eres una valiente”

columpio
Foto: Ben Rosset. Unsplash
Hoy compartimos un emotivo discurso o carta para un funeral.

Sabes perfectamente que nunca se me dio muy bien escribir; por circunstancias, no pude acabar la escuela y aprendí lo justito. Hoy más que nunca recuerdo que en mi treinta y cinco cumpleaños me regalaste un cuaderno azul, tu color preferido, y un precioso lapicero de madera que llenaste con rotuladores, plumas, colores y gomas de borrar. Querías que cada día me sentara contigo un ratito a aprender a escribir. Tenías tan solo doce años. Me decías: «Mamá, ahora puedes hacerlo. Siempre me dices que tengo una letra muy bonita, y yo sé que es gracias a ti». 

Quien sí tenía una letra muy bonita y, además, escribía poesías, era tu padre, pero tú venga a insistir: «Que yo te enseño. Venga, va, abre el cuaderno. Sin miedo, mamá, que eres una valiente». Cómo se encendió tu verde mirada cuando te dije que sí, que vale, que mamá quería aprender contigo. Estabas tan feliz y orgulloso de poder enseñarme, de ver cómo aprendía la primera alumna de tu corta vida. Querías ser maestro. Lo eras hijo, desde que estabas en mi vientre te convertiste en la lección más importante de mi vida. Después seguiste enseñándome cada día más, con cada pasito que dabas; con cada palabra que tratabas de pronunciar; con cada cosa que tratabas de hacer por ti mismo; con cada letra que me animaste a trazar en aquel cuaderno que guardo con recelo, como si de tu corazón se tratara.

Hoy parece que dedicaste tu vida a prepararme para esto, para la carta que jamás hubiera deseado escribir. De haberlo sabido, quizá hubiera sido mejor no aprender nada sobre letras, gramática ni ortografía ¿verdad, corazón mío? Hoy sé que estás orgulloso de mí porque puedo plantarme aquí delante a leer algo que escribí yo sola, pero ¿sabes qué, cariño?, siento que ya no voy a poder hacerlo más si tú no estás aquí conmigo. Creo, de verdad, que necesito más que nunca a mi amado maestro para seguir escribiendo una historia que, sin ti, ya no tiene sentido.  

Aquella tarde con sabor a verano se rompieron todas las ilusiones; porque las mías se fueron con las tuyas, Santi. Tenías casi dieciocho años, te faltaban pocos días para «empezar a dejarme la barba y ponerme un piercing en la nariz», me decías burlón, solo para reírte de mi reacción. Recuerdo que estabas emocionado con la idea de llegar a la mayoría de edad porque en breve tiempo entrarías a la universidad. Ibas a estudiar Literatura inglesa, soñabas con pasar un tiempo en Londres y dedicarte a aprender bien el idioma para después poder trabajar y no dejar de escribir. Tú morías por viajar, y yo empecé a morir ese fatídico día.

Cómo me sonreíste antes de atravesar la puerta, ibas al cine con Ana, «mi primera cita en serio», me decías. Parece que te gustaba mucho esa niña. Tenías que ir en autobús a buscarla hasta el siguiente pueblo. Le llevabas una nota escrita —no podía ser de otra manera—, que le dejarías en su bolsito disimuladamente antes de despedirte de ella. Querías hacerte su novio, y sabías bien cómo pedírselo, lo tenías todo calculado: «Gracias por compartir una tarde de cine conmigo, me encantas. ¿Repetiremos, verdad? Besos. S.» Todo tan calculado como mi sueño de madre contigo ¡cariño!

Y ya no volviste a casa. El autobús en el que viajabas perdió el control tratando de esquivar un maldito coche kamikaze, y se precipitó al barranco. Te arrebataron para siempre de mi vida; provocaron que papá ya casi no hable, ni siquiera escribe ya poesías; Mari Luz, tu hermanita, no quiere salir de su cuarto, no soporta no verte en casa, y ha dejado de dibujar y pintar.

Cariño, yo sé que no sufriste, que todo pasó rápido, es un falso pero pequeño consuelo. Sé que escuchabas música a través de tus auriculares mientras escribías… Hallé esta nota entre las cosas que recogí tuyas: «Cosas que quiero hacer a los dieciocho años: besar a Ana (bueno, espero hacerlo hoy), leer El guardián entre el centeno, besar a Ana (ya lo puse antes pero es que me muero de ganas), saltar en paracaídas, ir a Londres un fin de semana con Ana, y animar a mamá a escribir un libro».

 Y ahora entiendo que fuiste nuestro ángel todo este tiempo compartido entre nosotros, y que ahora allá donde estás te necesitan de vuelta, que debo agradecer todo lo que me diste y aprendí contigo. No quiero ser egoísta, tú jamás lo fuiste. Incluso ahora que te has ido, entiendo que necesitabas compartirte mucho más allá.

 Santi, mi mayor homenaje para ti es seguir aquí, a pesar de tu ausencia; a pesar de lo que te echo de menos; de lo insoportable que es no verte, ni sentir tus manos, ni escuchar tu voz o tu risa, ni asomarme a la pureza de tus ojos. Tú me dirías que ayude a papá a que recupere su amor por la poesía, por la vida, y a Mari Luz por la pintura, igual que tú me ayudaste a escribir y me devolviste a una nueva vida a través de las letras. Escribiré ese libro Santi, seguiré, lo haré por ti y porque aquella vez, en tu tierna infancia me dijiste: «Sin miedo, mamá, que eres una valiente». Lo seré cariño, lo seré.

 Te quiero vida mía, hoy, mañana, siempre. Mamá.

Escrito por Nuria C.Mallart. Redactora de Palabras a la Carta.

Puedes leer más modelos de  #cartasdedespedida en nuestra web

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