CARTAS·CARTAS DE DESPEDIDA·VÍDEOS

Carta de Katharine Hepburn a Spencer Tracy

“…Bueno, tú mismo dijiste algo sobre eso: no estás a salvo hasta que te encuentras siete metros bajo tierra. Pero ¿por qué necesitabas esta salida de emergencia? ¿Por qué la mantenías siempre abierta? ¿Para huir del tipo tan extraordinario que eras? ¿Qué era Spence? Te lo quería preguntar. ¿Tú sabías qué era? ¿Qué dices? No te oigo…”

 

Con estas preguntas sin respuesta, la veterana actriz Katharine Hepburn concluía la lectura de la carta que escribió a su pareja Spencer Tracy, fallecido dieciocho años antes. Estas dos grandes estrellas de Hollywood habían mantenido un apasionado idilio durante veintisiete años, una relación que escondieron durante buena parte de sus vidas; Tracy jamás quiso separarse de su mujer, Louise Treadwell. Hepburn repasa en su carta algunas vivencias compartidas con Tracy, como su frecuente insomnio o la dificultad del actor para enfrentarse a su existencia: «No sabías meterte en tu propia vida, pero eras capaz de convertirte en otro», escribió. Compartimos el vídeo en el que la actriz leyó esta carta. 

 

Texto completo en inglés extraído de su libro de memorias: Me. Stories of My Life. Katharine Hepburn.

Dear Spence,

Who ever thought that I’d be writing you a letter. You died on the 10th of June in 1967. My golly, Spence, that’s twenty-four years ago. That’s a long time. Are you happy finally? Is it a nice long rest you’re having? Making up for all your tossing and turning in life. You know, I never believed you when you said that you just couldn’t get to sleep. I thought, Oh—come on—you sleep—if you didn’t sleep you’d be dead. You’d be so worn out. Then remember that night when—oh, I don’t know, you felt so disturbed. And I said, Well, go on in—go to bed. And I’ll lie on the floor and talk you to sleep. I’ll just talk and talk and you’ll be so bored, you’re bound to drift off.

Well, I went in and got an old pillow and Lobo the dog. I lay there watching you and stroking Old Dog. I was talking about you and the movie we’d just finished—Guess Who’s Coming to Dinner—and my studio and your new tweed coat and the garden and all the nice sleep-making topics and cooking and dull gossip, but you never stopped tossing—to the right, to the left—shove the pillows—pull the covers—on and on and on. Finally—really finally—not just then—you quieted down. I waited a while—and then I crept out.

You told me the truth, didn’t you? You really could not sleep.

And I used to wonder then—why? I still wonder. You took the pills. They were quite strong. I suppose you have to say that otherwise you would never have slept at all. Living wasn’t easy for you, was it?

What did you like to do? You loved sailing, especially in stormy weather. You loved polo. But then Will Rogers was killed in that airplane accident. And you never played polo again—never again. Tennis, golf, no, not really. You’d bat a few balls. Fair you were. I don’t think that you ever swang a golf club. Is “swang” a word? Swimming? Well, you didn’t like cold water. And walking? No, that didn’t suit you. That was one of those things where you could think at the same time—of this, of that, of what, Spence? What was it? Was it some specific life thing like Johnny being deaf, or being a Catholic and you felt a bad Catholic? No comfort, no comfort. I remember Father Ciklic telling you that you concentrated on all the bad and none of the good which your religion offered. It must have been something very fundamental and very ever-present.

And the incredible fact. There you were—really the greatest movie actor. I say this because I believe it and also I have heard many people of standing in your business say it. From Olivier to Lee Strasberg to David Lean. You name it. You could do it. And you could do it with that glorious simplicity and directness: you could just do it. You couldn’t enter your own life, but you could become someone else. You were a killer, a priest, a fisherman, a sportswriter, a judge, a newspaperman. You were it in an instant.

You hardly had to study. You learned the lines in no time. What a relief! You could be someone else for a while. You weren’t you—you were safe. You loved to laugh, didn’t you? You never missed those individual comics: Jimmy Durante, Phil Silvers, Fanny Brice, Frank McHugh, Mickey Rooney, Jack Benny, Burns and Allen, Smith and Dale, and your favorite, Bert Williams. Funny stories: you could tell them—and brilliantly. You could laugh at yourself. You enjoyed very much the friendship and admiration of people like the Kanins, Frank Sinatra, Bogie and Betty, George Cukor, Vic Flemming, Stanley Kramer, the Kennedys, Harry Truman, Lew Douglas. You were fun with them, you had fun with them, you felt safe with them.

But then back to life’s trials. Oh hell, take a drink—no-yes-maybe. Then stop taking the drink. You were great at that, Spence. You could just stop. How I respected you for that. Very unusual.

Well, you said on this subject: never safe until you’re seven feet underground. But why the escape hatch? Why was it always opened—to get away from the remarkable you?

What was it, Spence? I meant to ask you. Did you know what it was?

What did you say? I can’t hear you…

 

Traducción al castellano:

Querido Spence:

A quién se le iba a ocurrir que yo te escribiría una carta. Moriste el 10 de junio de 1967. Caramba, Spence, han pasado 18 años. Es mucho tiempo. ¿Eres feliz, por fin? ? ¿Te estás tomando un descanso bien largo? Te debe de compensar de todas las vueltas a la cama que diste en vida. ¿Sabes? Nunca te creí cuando decías que no podías dormir.  Nunca te creí cuando decías que no podías conciliar el sueño. Pensaba: va, venga, seguro que tú duermes, si no durmieras, estarías muerto. Estarías agotado. Pero luego me acuerdo de aquella noche en que…, ay, no sé, estabas muy inquieto. Y te dije: venga, ves a la cama. Yo me tumbaré en el suelo y te hablaré hasta que te duermas. Hablaré y hablaré, y te aburrirás tanto, que no te quedará más remedio que dormirte.

Bueno, pues entré y cogí una almohada vieja y el perro Lobo. Me estiré allá mirándote y acariciando al Perro Viejo. Estuve hablando de ti y de la película que acabábamos de terminar –Adivina quién viene esta noche– y de mi estudio y de tu abrigo nuevo de lana y del jardín y de todos esos temas agradables que ayudan a dormir, y de cocina y chismorreos, pero tú no parabas de dar vueltas: a la derecha. a la izquierda, un empujón a la almohada, un tirón de la colcha, todo el rato sin parar. Al final te calmaste. Esperé un poco y luego salí de puntillas.

Me habías dicho la verdad, ¿no? Realmente no podías dormir.

Y entonces yo solía preguntarme: ¿Por qué? Todavía me lo pregunto. Te tomabas las pastillas. Eran bastante fuertes. Supongo que habrías dicho que sin ellas, nunca hubieras podido dormir  nada. La vida no era fácil para ti, ¿verdad?

¿Qué te gustaba hacer? Te encantaba navegar, sobre todo si había tormenta. Te encantaba el polo. Pero entonces se mató Will Rogers en aquel accidente de avión. Y no volviste a jugar a polo: nunca más. Tenis, golf, no, para nada. Bateaste un par de veces. No se te daba mal. Creo que nunca balanceaste un palo de golf. ¿Se dice “balanceaste”? ¿La natación? Bueno, no te gustaba el agua fría. ¿Y pasear? No, no te interesaba nada. Era una de esas cosas que permitían pensar al mismo tiempo: sobre esto, sobre eso, ¿sobre qué Spence?, ¿sobre qué era?, ¿era sobre algún detalle específico de la vida, como la sordera de Johnny? ¿O era por ser católico, un mal católico según tu propia consideración? Sin consuelo, sin consuelo. Recuerdo que el Padre Ciklic te dijo que te fijabas en todo lo malo que ofrecía tu religión y renunciabas a todo lo bueno. Debía de tratarse de algo muy fundamental y siempre presente.

Y lo más increíble: realmente eras el mejor actor de cine. Digo esto porque lo creo y además se lo he oído decir a mucha gente del oficio. Desde Olivier hasta Lee Strasberg, pasando por David Lean. Te proponías algo y eras capaz de hacerlo. Y lo hacías con esa gloriosa simplicidad tuya, tan directa. Simplemente, lo hacías y ya está. No sabías meterte en tu propia vida, pero eras capaz de convertirte en otro. Eras un asesino, un sacerdote, un pescador, un redactor deportivo, un juez, un periodista. Solo necesitabas un instante. Apenas tenías que estudiar. Te aprendías tus frases en un abrir y cerrar de ojos. ¡Qué alivio! Podías pasar un rato siendo otro. Dejabas de ser tú… Y te sentías a salvo. Te encantaba reír, ¿verdad? Nunca te perdías a esos cómicos universales: Jimmy Durante, Phil Silvers, Fanny Brice, Frank McHugh, Mickey Rooney, Jack Benny, Burns y Allen, Smith y Dale, y tu favorito, Bert Williams. Historias divertidas: podías explicarlas y de forma brillante. Podías reír de ti mismo. Apreciabas la amistad y la admiración de gente como los Kanin, Frank Sinatra, Bogie y Betty, George Cukor, Vic Flemming, Stanley Kramer, los Kennedy, Harry Truman, Lew Douglas. Con ellos, eras divertido, te lo pasabas bien, te sentías a salvo.

Pero entonces volvían las tribulaciones de la vida. Venga, va, tómate una copa: no, sí, a lo mejor. Luego, parabas de beber. Eras bueno en eso, Spence. Eras capaz de parar. Y yo te respetaba por eso. Era muy poco habitual.

Bueno, tú mismo dijiste algo sobre eso: no estás a salvo hasta que te encuentras siete metros bajo tierra. Pero ¿por qué necesitabas esta salida de emergencia? ¿Por qué la mantenías siempre abierta? ¿Para huir del tipo tan extraordinario que eras?

¿Qué era Spence? Te lo quería preguntar. ¿Tú sabías qué era?

¿Qué dices? No te oigo…

 

Escrito por: Mayca Soto

 

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